Hubo abriles en que el color más delicado del día era el sonido del aleteo de las tórtolas contra el rumor grave de los motores en el frío de la mañana. Ni hablar del ulular de las sirenas, de la furia de los taladros en las freudianas contrucciones, el doppler a la espera del destello verde entre los codazos de quienes quizás nos reconocieron como pares.
El tesoro humeante de los granos molidos, la conversación a voz alzada imperceptiblemente que seguía a la antesala del sorbo, el libro abriéndose entre ligaduras y justificaciones a la esperanza del reencuentro que podría ser, la promesa de paz al llegar a casa, todo eso parecía cimiento suficiente del arrimo al colmenar plantado sobre el valle del Mapocho, al rincón de flores amarillas.
Pero acá el hombre se hizo lobo del hombre otra vez y recordé al bibliotecario traspasando el umbral, al viejo buscando el camino que llega a las madrugadas de rocío en la menta, al arriero de los cóndores, el que abre las sendas escondidas para oír el canto de los pájaros en la mañana, los que encontraron la humanidad en la yerba compartida en horas de calabaza, en noches de guitarra bajo la luz de plata, en cuentos que viven en los cerros, en el compartir de aquellos frutos maravillosos.
Teno
Teno
Angostura