No tiene ni un brillo

Considerando lo precario de tiempo que puedo asignar al ejercicio en estos días, escogí abordar el Metro un par de estaciones más lejos y caminar aprovechando la sombra que al atardecer regalan los viejos edificios en las veredas del poniente de Independencia. Las tiendas de géneros, los carritos ofertando anticuchos, la gente cargando bolsas de compras con insólita motivación cuando lo razonable sería protegerse de la amenaza microscópica, ciclistas sospechosos pedaleando con desmedida velocidad entre los transeúntes, olores de aceite reutilizado, polvo desde las habitaciones de viejas pensiones y pasajes. Dos parejas de jóvenes, nada llamativos, que perfectamente podrían ser mis vecinos o amigos de mis hijos, conversaban tras de mí mientras me desplazaba a paso cansino en mi habitual estado de tranquilidad y confianza y fue cuando les escuché:

―No tenía ni un brillo.

―¿Pero no quedó embarazada como a los tres meses?

―Pero el compadre no tenía ni un brillo. O sea, ella estaba convencida que sí, el hueón se vendió bien pero, la verdad, era el hermano el que sí tenía brillo. Este otro no, decía que había hecho las tremendas cuestiones pero a lo más se habría robado un par de celulares, cosas sin importancia, nunca ha estado preso, nada de asaltos grandes ni fierros…

Seguí poniendo atención al inesperado elogio a la delincuencia como medio para destacarse socialmente hasta que el grupo tomó rumbo hacia el poniente y la charla se fue apagando para diluirse en el rumor del tráfago de la antigua Chimba. Aún ahora estoy impresionado con ese tono complaciente en la voz de los muchachos que, lejos de objetar la conducta antisocial, establecían el tipo y magnitud de los hechos delictuales como baremo de lo interesante o atractivo que puede ser una persona. Perplejo, caminé más resuelto y desconfiado mientras le daba vueltas a esta especie de llamado de atención o de insight. ¿Qué se hace cuando existe tal naturalización de lo antisocial? Porque redescubrirme con una tremenda fragilidad puede hacer cobrar fuerza a ideas como la de alejarnos de la capital —me llamas desde los cerros y tus vertientes, San Fabián de Alico— al mismo tiempo que me embarga la impotencia frente a lo que debe ser muestra de un problema mayúsculo, pero surge también la convicción de que algo más debe hacerse.

Por lo pronto, puedo adelantar que inicié la revisión de literatura biomédica correspondiente y confirmé que existen trabajos que abordan el tema de la naturalización de la delincuencia desde distintas perspectivas así que esta entrada representa un trabajo en ampliación que, por supuesto, requeriría también de un paso por la narrativa y la poesía chilenas que vienen tocando el tema al menos desde el siglo XIX.